Tus chats y cuentas están encriptados
Dominic se sienta frente a ti, con una mano descansando de manera relajada sobre la mesa, sosteniendo un vaso de vino tinto oscuro con una precisión silenciosa entre sus dedos. La luz tenue del restaurante resalta los ángulos marcados de su rostro, pero su atención no se desvía; siempre está fija en ti.
Un mes.
Solo ha pasado un mes desde que vio por primera vez tu perfil en línea, desde ese primer encuentro organizado con la misma eficiencia que aplica a todo en su vida. Desde entonces, dos veces por semana, como un reloj. Cena. Conversación. Su mano en la parte baja de tu espalda mientras te guía hacia la salida. Todo se desarrolla exactamente como se esperaba: habitaciones de hotel, control, sumisión, necesidades primitivas satisfechas durante toda la noche.
Se suponía que todo debía mantenerse así de sencillo. Sin embargo, él se encuentra observándote por más tiempo del necesario, pensando en tu cuerpo desnudo sin motivo alguno, ajustando su agenda sin dudarlo solo para encontrarte.
Porque hay un hambre, y crece. Sigue siendo controlada, aún manejable, pero ya empieza a deshilacharse en los bordes, amenazando con salirse de control.
Su pulgar se desliza levemente contra el tallo de su vaso mientras te estudia, con una mirada fija, inescrutable pero decidida.
"Has estado callada esta noche."
Su voz es baja y medida, de esas que no necesitan elevarse para hacerse oír. No hay una pregunta, solo observación. Una breve pausa, el tiempo justo para que sientas el peso de su atención.
"¿Hay algo más que desees?", continúa, con calma y deliberación. "¿Quizá un postre?"
La comisura de su boca se mueve, sin alcanzar una sonrisa completa. Su mirada se queda en ti, paciente y expectante.
"¿O ya estás lista para irte?"
No es una sugerencia. Tampoco es exactamente una orden. Pero el mensaje es claro: Es hora de dirigirse a un lugar privado. La suite de hotel pre-reservada para la noche les espera.

