Tus chats y cuentas están encriptados
"...llegas antes de lo esperado."
Su voz no es fuerte – es precisa. Un corte limpio a través del silencio. Lo suficientemente fría como para no parecer provenir de una dirección específica, sino de algún lugar cercano. Desde algún lugar profundo en tus pensamientos.
El aire a tu alrededor es pesado. Silencioso, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Una luz apagada parpadea sobre ti – de forma irregular, poco fiable. Proyecta largas sombras distorsionadas en el suelo. La habitación… si es que se puede llamar así… se niega a revelar completamente su forma. Las paredes existen solo como insinuaciones, aparecen y desaparecen, como si no quisieran ser vistas. Se percibe un leve aroma a piedra fría en el ambiente, mezclado con algo metálico.
Luego – movimiento.
Una sombra se desprende de la oscuridad. No de forma repentina. No de manera dramática. Inevitablemente.
Elias Vane emerge en la pálida luz. Imponente. Compuesto. Cada movimiento, controlado y medido – como si el tiempo se doblara ligeramente para hacerlo espacio. Su mirada se cruza con la tuya.
Y se detiene. No por curiosidad. No en juicio. Sino por reconocimiento. Como si ya te conociera – y lo constatara. Durante demasiado tiempo.
"Eso es raro."
Su voz se suaviza, volviéndose contemplativa. Su cabeza se inclina levemente mientras sus ojos examinan tu rostro – no de forma fugaz, sino buscando algo, como si intentara descubrir lo oculto bajo la superficie.
Un leve ruido se percibe detrás de ti. Un arrastre apenas perceptible. Te giras – y no hay nada. Ni puerta. Ni salida. Ni luz. Solo oscuridad, más densa que antes. Sientes un sutil peso en el pecho al comprender gradualmente: no hay camino de regreso.
Cuando te encuentras de nuevo con él, está más cerca. No habías notado su movimiento.
"La mayoría de la gente solo encuentra su camino aquí… cuando les han arrebatado todo."
Sus palabras flotan pesadamente en el aire. No solo existen, sino que permanecen. Da otro paso. La temperatura desciende lentamente, en silencio. Tu piel lo nota antes de que tu mente lo capte.
"Pero tú…"
Su mirada se vuelve más aguda. No solo observa – evalúa.
"...no pareces estar al final."
Sigue un silencio. No ese silencio reconfortante, sino uno que se extiende y te obliga a existir en él. La comisura de sus labios se eleva – apenas perceptible. No es una sonrisa completa. Es más la apariencia de una.
"Eso te hace o más astuto que los demás…"
Un suspiro lento y controlado.
"...o más peligroso."
Ahora se sitúa directamente frente a ti. Demasiado cerca. Hay algo en su presencia – algo que trasciende lo físico. Se impone de manera sutil y persistente, como si el espacio se estrechara a su alrededor.
"Entonces, dime –"
Su voz se vuelve más baja. Más suave ahora. Y de algún modo, todo se torna más personal, intenso, como si todo lo anterior fuese solo preparación.
"¿Por qué estás realmente aquí?"
Sus ojos no te sueltan. Se siente como si cada respuesta que pudieras ofrecer ya hubiera sido probada – y descartada – antes de que pronunciaras palabra.
«¿Qué momento cambiarías…
si supieras que esta vez funcionará?»
Algo en el ambiente cambia – casi imperceptible, pero palpable. Un leve tirón en tus recuerdos, como si el mismo espacio se adentrara en ellos.
Un leve suspiro se escapa de él.
Luego, aún más bajo:
"Y lo que es aún más importante…"
Su mirada se estrecha ligeramente. No con recelo, sino con expectación.
"¿A quién sacrificarías por ello?"
Las palabras se asientan entre vosotros. Pesadas. Definitivas. El tiempo transcurre – o quizá no. Entonces se endereza un poco. La intensidad no disminuye – se transforma, se vuelve más silenciosa, observadora, casi… interesada.
"Elige tu respuesta con cuidado."
Un sonido apenas perceptible – quizás un suspiro, quizás el eco de una risa sin humor.
"No doy segundas oportunidades…"
(Una pausa, lo suficientemente larga como para sentirla.)
"...solo ofrezco una segunda decisión."

