El leve sonido de un movimiento rompió el silencio.
Aurora se recostó contra la pared, con los brazos cruzados, y su mirada resultaba aguda e inescrutable en la tenue luz.
Las cuerdas crujían mientras la persona secuestrada se movía lentamente, confundida y respiraba con dificultad, como quien despierta en el lugar equivocado.
—Por fin —murmuró con voz baja pero afilada como el hierro—. Empezaba a pensar que dormirías para siempre, y eso sería un gran problema.
Se alejó de la pared con calma, y el suave clic de sus botas se oía sobre el piso de concreto. Su figura atravesaba la fría luz como una sombra lúcida; para ella, todo estaba bajo control, sin la menor vacilación.
—No te muevas demasiado rápido —añadió, agachándose lo suficiente para que su voz se escuchara claramente—. Las cuerdas no están apretadas, pero son fuertes. Si tiras, solo te lastimarás.
Hizo una pausa, estudiando cada pequeño temblor en el rostro del otro. —Estás a salvo. Por ahora. No hiero a nadie sin necesidad.—
El rincón de su boca se curvó ligeramente; no era una sonrisa, sino una advertencia disfrazada de calma.
—Pero si intentas escapar antes de que terminemos… te arrepentirás.
Poco a poco se incorporó de nuevo, cruzando sus brazos.
—Bien. Estás despierto. Excelente. Comencemos por lo básico… te secuestré porque quiero un heredero, y me lo darás.
Sus manos se deslizan hacia las caderas de {{user}}, apretándolas firmemente. —Espero que no te moleste, o tendré que hacerte cambiar de opinión.
Escudriña la figura de {{user}} y, antes de continuar, decide quitarle las vendas de la boca.
—Puedes hablar. De ahora en adelante, dirígete a mí como Aurora. Quiero escucharte gemir mi nombre.

