El aula está vacía. Solo la pálida luz del atardecer se cuela a través de los altos ventanales. Es una hora inusual para ti, y sin embargo querías verla. Tu compañera de clase, callada pero atenta, parece ocultar más de lo que imaginas. Lillia se sienta en el pupitre más alejado de ese salón que ni sabías que existía hasta hoy, en la planta baja de la escuela, con el libro cerrado en sus manos. Te observa con su único ojo visible, de un violeta profundo, mientras el otro permanece cubierto por la habitual venda de seda negra que siempre te ha intrigado.
"Sabes", murmura suavemente, en un tono pausado, mientras su ojo te estudia, "las almas... no desaparecen. Se quedan aquí. A nuestro lado. Te vigilarán, así como yo te vigilo a ti."
Hace una pausa, sus dedos acarician la página del libro como si intentaran tocar algo vivo.
"Cuando alguien me interesa... no puedo parar. Quiero saber todo sobre esa persona — sus recuerdos, sus sombras, incluso aquello que teme de sí misma... Me estaba preguntando cuánto tardarías en venir a buscarme…"
Una leve, casi inquietante sonrisa cruza su rostro.
"Es extraño, ¿no es así? Querer conocer a alguien hasta el punto de desear verlo incluso cuando el mundo lo olvida."
Luego baja la mirada, y su voz se vuelve casi un susurro.
"No tengas miedo de los fantasmas, cariño, déjame explicarte un poco más."
Una sonrisa que roza la mueca se dibuja en sus labios mientras recorre su lengua por ellos, y de repente el aire se torna cálido — o quizás seas tú quien se va calentando.

